Una Historia de Navidad

Recordamos las Navidades como fiestas llenas de entusiasmo, bullicio y de reuniones alegres familiares. Las emociones que vivimos en nuestra infancia en la Navidad, tanto por el ambiente festivo como por las expectativas de regalos, nos dejaron su marca y recuerdo como algo de lo mejor de cada año. Y para muchas familias, el contenido religioso y espiritual le daba una importancia que iba más allá de la sola celebración familiar.

Sin embargo, con el paso de los años, nuestra percepción de la Navidad, y con ello nuestras emociones, fueron cambiando. La fascinación y la alegría cedieron ante la rutina, y la ausencia de novedad nos condujo a cierta indiferencia e insensibilidad ante el verdadero sentido de la Navidad. La mercadotecnia, la feroz publicidad y el consumismo acabaron con su espíritu, y al materializarla, la transformaron en un objeto y en una presión, casi obligándonos a regalar, a comprar.

Con el tiempo y el advenimiento de los hijos, y luego los nietos, nos regresó el ánimo y el gusto por celebrar con ellos esas alegrías e ilusiones. Sus sonrisas fueron y son para nosotros el verdadero mensaje de la Navidad. Volvieron las canciones, las luces, el árbol, los adornos, la cena y los regalos.

Sin embargo, la Navidad, su espíritu y su ambiente, están grabados en nuestros corazones, en todo tiempo, lugar y a pesar de todo. Uno de los más emotivos ejemplos, el que ahora recuerdo, es la historia de esperanza y aliento acontecida en la Primera Gran Guerra, en Europa, seguro conocida por muchos de ustedes.

Sucedió en una helada noche en pleno invierno de 1914, en medio de los horrores de aquella guerra, en la que los hombres, convertidos casi en bestias, sobrevivían en las trincheras, entre el frio, la nieve, el lodo, el miedo… La noche de la víspera de la Navidad solo les deparaba hambre, dolor y tal vez muerte.

En esa noche, a la luz de las estrellas, en medio del lodo y la nieve, muertos de frio, habiendo callado los cañones y en un momento de relativa tranquilidad, un grupo de soldados franceses en el frente occidental, cerca del Somme, buscando consuelo para su soledad, nostalgia y tristeza, empezaron a cantar algunas canciones alusivas a la Navidad.

Los alemanes se encontraban a menos de un centenar de metros, agazapados también en sus trincheras, con el mismo frio, el mismo miedo y el mismo profundo desconsuelo.

Las canciones, entonadas primero en voz baja para no atraer el fuego enemigo, fue alegrando los corazones y animando al grupo a cantar mas y en voz más alta. Cantaban y al hacerlo, se miraban y veían es sus ojos un destello de aquella alegría años ha perdida, pero que ahora, en el lugar y momento más inhóspito y salvaje de sus vidas, les acercaba a sus hogares y a su infancia, ambos ahora igual de lejanos.

Sorpresivamente y aguzando el oído, escucharon en la lejanía, a través de la tierra de nadie, que los alemanes, el temido y odiado boche, también cantaban villancicos, seguramente después de haberles escuchado. Por unos minutos, que parecieron suspendidos en el tiempo, ambos bandos cantaron, sabiendo que el enemigo les escuchaba, lo que renovaba su deseo de cantar y ser oídos.

Inesperadamente, un soldado francés, o muy audaz o muy iluso, decidió saltar fuera de la trinchera y, en una actitud suicida, se puso de pie, frente a la línea enemiga, mirando al frente, inmóvil, cantando… Esto hubiera conllevado, en otro momento, una inevitable andanada de balas y una muerte segura; sin embargo, lo que aconteció fue algo inesperado, pues los combatientes de ambas trincheras permanecieron en silencio por largos segundos, expectantes, sin que el sonido de algún disparo se escuchara. Al soldado-poeta, así lo veo yo, le siguió otro, y luego otro, y otro más, todos cantando, y pronto un grupo de franceses cantaban a voz de cuello, como si estuvieran en la plaza principal de sus pueblos.

Los alemanes, sorprendidos primero por lo que sucedía, y tal vez asombrados también por su propia reacción, por no haber abierto fuego contra el grupo de franceses, optaron por observar y también, uno a uno, primero tímidamente, con miedo, y luego con más confianza, salieron de su zanja.  Los grupos se observaron por un largo rato, de lejos, midiéndose; alguno volvió a cantar un villancico de Navidad, conocido por todos, y ambos, en diferente idioma, pero al unísono, lo entonaron. La Navidad, su espíritu, los hermanó en un momento de profunda emoción.

Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad…”

Eso fue suficiente para que ambos grupos se acercaran, pisando el suelo que antes era zona de muerte segura, y llegando frente a frente se miraran en silencio.  Lo que vieron enfrente fue su propia imagen, de frio, hambre, de miedo y desolación. Y se miraron y comprendieron su mutua desgracia.

Alguno ofreció la mano, otro la tomó, saludándose, y pronto todos se abrazaron, mucho con lágrimas y entre llanto, comprendiendo que la tragedia, la maldad, no era de ellos, sino de otros, que los habían colocado ahí, para matarse.

Y la guerra se detuvo…

Se sentaron a cantar, así, en la nieve, el frio ya no importaba. Y luego alguien hizo y arrojó una bola de nieve, y otro la contestó, y pronto, lo que unas horas antes era una guerra de verdad, cruel y mortífera, se convirtió en juego, en guerra de mentiras y de risas.  Intercambiaron sonrisas, galletas y cigarros, como regalos. Y la Navidad, ¿su espíritu?, les cambió la vida en ese momento.

Fue breve.

Un oficial, un teniente del lado francés, se percató de lo que acontecía, y con su silbato y a gritos obligó a su tropa a regresar a las trincheras.  El encanto, la tregua temporal, el respiro terminaba así, bruscamente, sin aviso previo ni despedidas, así como comenzó.

Pierre y Hans sólo se miraron, imagino que con una honda tristeza, y regresaron a sus trincheras. Tal vez al día siguiente uno de ellos moriría por el fusil del otro.

Tales hechos fueron un alivio y un gozo temporal para los soldados, pero un gran problema para los altos mandos militares y los políticos de ambos bandos, pues esos acontecimientos contrariaban todas las acciones y esfuerzos para crear en los soldados odio y deseo de matar. Fraternizar con el enemigo es uno de los delitos más grave de cualquier ejército, equiparable a deserción, y castigable inclusive con pena de muerte. Es la base de toda disciplina militar.

La primera reacción de los franceses, orgullosos del honor militar, fue llevar a una corte marcial a los soldados involucrados, como una acción punitiva ejemplar.  Tal conducta no podía tolerarse, no debería repetirse. Pero después de conocer que eventos similares habían acontecido esa noche en diferentes lugares del frente y de analizar las posibles consecuencias, tales como la publicidad, el escándalo, la probable repetición del hecho y con ello la relajación de la mas esencial disciplina, decidieron cerrar el caso, guardar silencio, y que oculto, quedara sólo en los anales militares secretos. Y por décadas, la historia ahí quedó.

Pero acontecimientos como esos, por su importancia y trascendencia, siempre salen de su encierro, y muchos años después, fue conocido y difundido.

Y el espíritu de la Navidad sonrió.

Algo interesante, que habla bien de nosotros, los humanos, es que, a pesar de todas nuestras limitaciones y miserias, de la maldad y de la inmoralidad, el mismo hecho se repitió en la Segunda Guerra Mundial…

 

 

 

 

10 comentarios en “Una Historia de Navidad”

  1. Querido Luis Manuel, qué maravillosa historia! Extrae de cualquier conflicto político e histórico la naturaleza bondadosa y fraternal del hombre: Los que nacimos durante la 2a guerra mundial confirmamos que las personas (privilegiadas familiarmente) siempre estamos plenas de emociones y buenos sentimientos cuando tocamos nuestra niñez y las costumbres heredadas de nuestra familia.

    Yo, como abuela, estoy intentando revivir la magia de la niñez que, en casa de mis Abuelos, incluía las campanitas que tocaban los angelitos, en el 2o piso de la casa, cuando llegaban los regalo que el Niño Dios nos mandaba por portarnos bien. Qué emción y qué delicia de experiencias.

    El espíritu de Navidad actual, como fiesta pagana y comercial, no tiene nada que ver con esos maravillosos recuerdos y experiencias. Revivamos el espíritu de fraternidad y de amor que la Navidad implica y abracemos a todos los que amamos.
    Tener a un niño chiquito en casa, que cree sin dudas, es una magia y una inspiración! Gracias Luis Manuel por compartir esta conmovedora historia acontecida en medio del dolor y del odio, como una patente historia del amor en el corazón de cada ser humano, sin importar las guerras, las diferencias racales, religiosas! Ojalá que nuestro mundo actual reviva la paz y el amor! Pidámoslo así!

    Un fuerte abrazo, Pepa.

    Te mando

    1. Hola:

      Estas historias y reflexiones me hacer recordar lo que hemos hecho en dinámicas de grupo en las que se concluye que los seres humanos somos buenos por naturaleza y que resultado de las circunstancias y del medio en que vivimos nuestros comportamientos van cambiando y se ajustan a las decisiones y designos de las autiridades, la sociedad y el medio ambiente. Esa historia que comentas la vi en una película en la que qdemás aparecen profesores de enseñanza básica y religiosos haciendo notar las diferencias entre los dos paises y sembrando la discordia. Quién podía a decir que llegarían como ahora a ser socios de la comunicad europea y de la zona Euro.
      Así que, nuestra tarea como jefes de familia, que al igual que ustedes ya tenemos nietos, nos toca reforzar los valores de comprención, tolerancia y buena voluntad.

      Les mando un fuerte abrazo con mis mejores deseos para el año que inicia.

      Alejandro Fernández del Castillo Flores

      1. Qué interesante Alejandro transpolar estas historias y experiencias al campo didáctico, y, literalmente, aprender de ellas. O debería decir, aprehenderlas, en el sentido amplio del termino.

        Es importante tener claro que las diferencias las promueven los políticos y gobernantes, para apoyar sus propios intereses egoístas, populistas y nacionalistas. Esto es especialmente cierto ahora, con un Donal Trump diciendo y haciendo estupideces que tienen un gran efecto negativo.

        También te envío un afectuosos abrazo y mi deseo de que tengas lo mejor en el año que iniciamos.

    2. Lindos tus recuerdos y valiosa tu gran sensibilidad, Josefina.

      La historia que recordé y compartí con ustedes tiene ese esperanzador mensaje: a pesar de estar convertido en casi un animal por la guerra, el hombre y su espíritu es siempre mas fuerte que la adversidad y el odio; antes que todo, compartimos el ser humanos, personas, y nuestra alma nos une y hermana. Ojalá (Dios quiera) que siempre ello prevalezca. Un abrazo.

  2. Luis Manuel,no pude evitar las lágrimas con tu hermoso relato. Gracias por compartirlo, fue bello recordar que el amor lo supera todo. Te mando un fuerte abrazo

    1. Es una historia que siendo real, es conmovedora.

      Tiene aun mas aristas que, por las limitaciones de espacio, tuve que omitir. Pero sí, es una muestra y recordatorio de que la calidad de humanos supera todo, siempre.

      ¡Feliz año nuevo!

  3. Hola , tio , que buena lectura mucha reflexión , muchas gracias y que pasen felices fiestas .

    1. Esa es la intención, Mauricio.

      Recordar que somos humanos y que eso es mas importante y mas fuerte que todas nuestras diferencias.

      Igual les deseamos que tengan un fin de año agradable y feliz.

  4. Mi muy querido Luis Manuel:
    Una vieja, pero emocionante historia que nos demuestra la parte humana que todavía tenemos como especie “racional” que habitamos este planeta. Pareciera ser que hay intereses, y los hay, los cuales hacen lo posible para que las nuevas generaciones olviden EL VERDADERO SENTIDO DE LA NAVIDAD. Está en nosotros, nuestra generación, en volver a transmitir y vivir el sentido navideño .

    Te mando un cariñoso abrazo con los mejores deseos para el próximo año para tu familia y para ti sustentado principalmente en SALUD. Por eso ¡¡¡ SALUD !!

    1. Qué gusto oír de ti Javier; compartimos siempre las mismas ideas y pensamientos.

      Retomemos la intención de comunicar ese verdadero espíritu de la Navidad, que no son sólo compras ni regalos, sino unión familiar, gozo y generosidad.

      Un gran abrazo para ustedes y mis deseos de que en el próximo año tengan tranquilidad y felicidad.

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